EL ÁNGEL QUE QUISO SER HOMBRE
Era feliz por lo que era,
no por lo que tenía,
no por lo que tenía,
no por lo que
hacía.
Pero un día, un día como otro cualquiera, sintió la necesidad de ser hombre.
Y así, cabizbajo acudió a hablar con Dios.
Él ya sabía a qué venía el ángel y, antes de que pronunciara una sola palabra, le dijo:
“Nadie te ata para que estés a mi lado.
Serás lo que tú quieras ser.
Tan solo quiero que sepas
que con el tiempo olvidarás quién eres.
Eso es propio de mi creación más perfecta: el hombre.
Pero no temas, todos los hombres tienen la capacidad de volver
a ser quienes son, solo tienen que recordar y elegir ser.
Desea todo lo que quieras, no hay límites, no te preocupes
de si actúas bien o si actúas mal,
tan solo preocúpate de que tus deseos no se conviertan en necesidades.
Ve, y recuerda que nunca estarás solo
por muy difícil y dolorosa que sea la situación que se te presente”.
Y así, el ángel se mezcló entre los hombres, como un hombre más…
Como hombre que era conoció todo tipo de situaciones,
supo del amor y del desamor.
Supo de la envidia, de las traiciones y del odio.
Supo de la indiferencia, de la tristeza y del dolor.
Supo de la amistad, de la sinceridad y de la desconfianza, del miedo,
del orgullo;
supo del ego y de la necesidad de ser amado y alabado.
Era un hombre y había olvidado.
Con el paso del tiempo empezó a tener otras necesidades. Se sentía vacío.
Había vivido grandes experiencias, había gozado y había sufrido,
había deseado todo
lo que los hombres puedan llegar a desear,
pero había hecho de esos deseos una necesidad.
Y un día tuvo un recuerdo, recordó que podía elegir,
pero en lugar elegir “ser”
eligió
“hacer”.
Fue entonces cuando se dedicó a los demás.
Y cuanto más dedicaba su tiempo a los demás,
más creía estar aprendiendo.
Es cierto que ayudó a muchos hombres y mujeres a encontrar su camino,
sin embargo, el suyo propio era cada vez más incierto.
Llegó a ver en el corazón de la gente, llegó a comprender;
era capaz de darse cuenta de todo lo que sucedía a su alrededor.
Nada escapaba a sus sentidos, ni el más mínimo de los detalles.
Sabía de todos los sufrimientos y de todas las alegrías,
de todos los secretos mejor guardados,
de todas las verdades y mentiras de la gente que le rodeaba…
pero era incapaz de descubrir su propia verdad.
Y sufría, sufría lo indecible.
Escuchó muchos consejos de gente que le quería
pero ninguno de ellos era adecuado para él.
Cultivó su mente, estudió, aprendió de diversas culturas,
pero tan solo adquirió conocimientos,
conocimientos que eran útiles para otras personas,
pero no para él.
Pero un día presenció algo muy doloroso para él,
algo tan doloroso que todo su ser se retorció tan profundamente
que pensó que moriría de pena.
Se retorció tanto que pudo verse a sí mismo…
y entonces fue
cuando recordó quién era y se dio cuenta
de que todo lo que había aprendido
en su vida de hombre no le servía para nada
porque no lo necesitaba.
Comprendió que sus deseos no podían convertirse en necesidades,
recordó que el amor es lo más importante de la vida,
pero sobre todo el amor para con uno mismo.
Entendió que nada ni nadie podían ser tan importantes
como para anteponerlos a él mismo.
Entendió que el sufrimiento es solo una elección
y que podía ser feliz por lo que ya era
y no por lo que hacía.
Y fue entonces cuando empezó a dejar atrás todo lo que había conseguido
en su vida de hombre:
dejó cosas, soltó a las personas a las que había ayudado;
las dejó marchar de su mente
y las guardó en un lugar de su corazón;
dejó atrás los pensamientos que el mismo se había creado
y que tanto le torturaban,
rompió con las normas y las reglas que se había autoimpuesto…
Y por primera vez en su vida de hombre sintió la alegría.
Por primera vez tuvo paz y felicidad duradera.
Tan solo tuvo que mirar hacia su interior y…recordar.
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